Imagina esta escena: Te han promovido en tu trabajo, por lo que estás muy feliz. Esto te motiva a planear una pequeña reunión en casa con algunos amigos y familiares esa misma tarde para celebrar. Llega la hora de la reunión y los invitados te sorprenden aún más debido a que entre todos se organizaron para comprar un regalo especial para ti (imagina un reloj, un celular, unos boletos a cierto destino para las próximas vacaciones, etc., eso depende de ti). El momento es bastante ameno por lo que quieren extender la celebración yendo a un restaurante. Están por partir cuando tu hijo/a se acerca a ti y te comenta que no podrá acompañarte debido a que el día siguiente tiene un examen muy importante para el cual debe estudiar. Tu respuesta es de reclamo ya que quisieras que tu ser querido te acompañe. Sin embargo, por más que insistes la respuesta es un no. Te levantas con enojo y mucho disgusto y al salir avientas tu regalo (en el cual muchos cooperaron) a un contenedor de basura cercano. Subes al auto y durante todo el camino e incluso al estar en el restaurante tu actitud es bastante desagradable con los invitados, propiciando así un ambiente incómodo. Ya al regresar a casa vuelve la calma a ti y revisas el contenedor al que aventaste tu regalo, pero te das cuenta que el camión recolector ya ha pasado y peor aún, tu hijo se ha encerrado en su cuarto a estudiar por lo que no puedes pasar a disculparte por tu actitud hiriente hacia él. Te acuestas en tu cama con un gran remordimiento y te dices a ti mismo:

“No sé qué me pasó”. “Se me fue de las manos”. “Perdí el control”.

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Sin duda alguna en más de una ocasión han cruzado por nuestras mentes esta clase de pensamientos. Quizás el ejemplo anterior está alejado de tu realidad, pero piensa en la última vez que le gritaste injustamente a tu cónyuge o a tus hijos al llegar a casa después de un pesado día de trabajo, en la última vez que insultaste fuertemente a alguien por algún error que cometió o simplemente cualquier situación en la que tu respuesta racional fue nublada por el impulso emocional y al bajar los humos te bombardearon pensamientos como los anteriores. Es aquí cuando podemos decir que fuiste víctima de un estallido emocional.

¿Y qué es un estallido emocional? Daniel Goleman (2012) nos dice lo siguiente: “Estos estallidos emocionales son asaltos nerviosos. En esos momentos […] un centro del cerebro límbico declara una emergencia y recluta al resto del cerebro para su urgente orden del día. El asalto se produce en un instante, desencadenando esta reacción unos decisivos instantes antes de que la neocorteza, el cerebro pensante, haya tenido oportunidad de vislumbrar plenamente lo que está ocurriendo, para no hablar de decidir si es una buena idea. El sello de semejante asalto es que una vez que el momento pasa, los que han quedado así dominados tienen la sensación de no saber qué les ocurrió”. No todo estallido emocional es negativo o catastrófico. Estos también suceden en momentos agradables como al recibir una noticia muy buena, o al reírse de manera intensa tras un acontecimiento muy gracioso. Pero para entender esto es necesario primero desglosar algunos elementos.

Empecemos con el sistema límbico. Este pequeño conjunto de estructuras en nuestro cerebro es una de las muchas maravillas que nuestro cuerpo contiene. Este tiene la función de que en nosotros aparezcan los distintos estados emocionales (felicidad, miedo, tristeza, ira, etc.). Dentro de las estructuras del sistema límbico resaltaremos el papel de la amígdala. “La amígdala actúa como un depósito de la memoria emocional, y así tiene importancia por si misma; la vida sin amígdala es una vida despojada de significados personales” (Goleman, 2012). Pero también esta tiene un papel crucial durante un estallido emocional. Es la amígdala quien ante una situación amenazante sale a cumplir con su deber de “centinela” y alertar de la crisis al resto del cerebro para responder ante la emergencia. como secretar hormonas que estimulen una reacción de ataque o de fuga, estimular la circulación sanguínea por el cuerpo, etc.

¿Cómo ocurre entonces un estallido emocional? Los estímulos que recibe nuestro cuerpo llegan a nuestro cerebro mediante sinapsis (mecanismo de comunicación en el que se transmite el impulso nervioso de una neurona a otra) que recorren los múltiples nervios que rodean nuestro cuerpo, los cuales a su vez llevan dicho impulso hacia el cerebro para así dar una respuesta adecuada a la situación. Para que estos impulsos sean procesados en el cerebro, primero llegan a una estructura llamada tálamo, quien “traduce” esa señal al lenguaje del cerebro. Una vez traducida esa información, el tálamo la envía a las diferentes zonas de procesamiento sensorial. Si la respuesta es emocional, la señal se dirige a la amígdala para activar los centros emocionales. Ahora, “una porción más pequeña de la señal original va directamente desde el tálamo a la amígdala en una transmisión más rápida, permitiendo una respuesta más rápida (aunque menos precisa)” (Goleman, 2012).

Es así como la amígdala desencadena una respuesta emocional mucho antes de que la parte racional de nuestro cerebro comprenda exactamente lo que está ocurriendo. Todo este proceso ocurre en fracciones de segundo. Es por eso que cuando un auto se acerca rápidamente hacia nosotros mientras cruzamos la calle nuestra respuesta de escape es inmediata y no después de unos minutos de analizar la posible consecuencia o las alternativas racionales disponibles. Estas respuestas pueden salvarnos la vida, pero en contraparte, puede que nuestra respuesta irracional nos lastime o lastime a alguien más. Lo mismo ocurre durante una discusión con nuestro cónyuge o hijos, durante una situación difícil que debemos solucionar pronto en nuestro trabajo, entre muchas otras situaciones que nos ocurren día con día.

Lo anteriormente mencionado no significa que estamos “condenados” a actuar irracionalmente siempre que se nos presente un estímulo estresante. El diseño divino de nuestro cuerpo es perfecto, por lo que también contamos con un área racional en nuestro cerebro que nos permite evaluar, decidir, y actuar adecuadamente. Goleman nos reitera diciendo:

“Por lo general, las zonas prefrontales gobiernan nuestras reacciones emocionales desde el principio. Debemos recordar que la mayor proyección de información sensorial desde el tálamo no va a la amígdala sino a la neocorteza y a sus centros principales para recoger y dar sentido a lo que se percibe; esa información y nuestra respuesta a la misma quedan coordinadas por los lóbulos prefrontales, el asentamiento de la planificación y las acciones organizadoras hacia un objetivo, incluidos los emocionales. En la neocorteza, una serie de circuitos registra y analiza esa información, la comprende y, por intermedio de los lóbulos prefrontales, organiza una reacción. Si en el proceso se busca una respuesta emocional, los lóbulos prefrontales la dictan trabajando en conjunto con la amígdala y otros circuitos del cerebro emocional.”

Esto quiere decir que puede haber una armonía entre emoción y pensamiento. En palabras de Viktor Frankl: “Entre el estímulo y la respuesta hay un espacio. En ese espacio está nuestro poder para elegir nuestra respuesta. En nuestra respuesta yace nuestro crecimiento y nuestra libertad”. El objetivo no es evadir la emoción. Las emociones no se catalogan como buenas o malas, simplemente forman parte de nuestro diario vivir y estas a su vez le dan sentido a nuestra vida. Este equilibrio no se puede lograr sin que desarrollemos o fortalezcamos las herramientas necesarias para modular nuestras emociones y nuestros pensamientos adecuadamente. Para esto es importante investigar más a profundidad sobre el tema, acudir con profesionales de la salud, quienes nos ayudarán a conocernos más a nosotros mismos, así como para desarrollar dichas herramientas y principalmente, como hijos de Dios, permitir que Él nos guíe día con día a través de la constante oración y estudio de su palabra, para que a través de nuestra actitud podamos testificar ante los demás y mostrar un Dios que brinda paz a nuestras vidas, tanto espiritual, como mental.

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Quiero terminar con esta gema de E.G. White: “Dios demanda el adiestramiento de las facultades mentales. Necesitan ser cultivadas de tal manera que podamos si fuera necesario, presentar la verdad delante de los más altos poderes de la tierra para la gloria de Dios. Cada día se necesita también el poder convertidor de Dios sobre el corazón y el carácter. La autodisciplina debe ser practicada por todo el que pretende ser un hijo de Dios; porque de esta manera la mente y el corazón son puestos en sujeción a la mente y la voluntad de Dios. Una disciplina decidida en la causa del Señor realizará más que la elocuencia y los talentos más brillantes. Una mente ordinaria, bien adiestrada, realizará una obra mayor y más elevada que la mente más educada y los mayores talentos, sin el autocontrol.” — The Review and Herald, 28 de julio de 1896.

Lic. en Psicología Luis Joel González

Bibliografía utilizada:

Goleman, D. (2012). La inteligencia emocional. Por qué es más importante que el cociente intelectual. México, D.F.: Ediciones B.

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